El cuadro

El cuadro
«Por fin empiezan las vacaciones. Cinco días para pasarlo bomba, antes de volver a la universidad, disfrutando con mi mejor amiga», pensó Sofía, conduciendo hasta el gimnasio donde Adela practicaba artes marciales, desde hacía ya unos diez años.
Comenzaron juntas la universidad. Sofía el primer año de enfermería, también realizaba escalada, deporte que compartía con Adela. Ella estudiaba filología inglesa. Era algo alocada, festera; siempre le han atraído los deportes de aventura, afición que coincidían, pero a la vez, la calma y disciplina de las artes marciales
—¡Venga, Adela! ¡Se nos hace tarde! —dijo, sin bajar del coche.
—¡Preparada para la aventura! —exclamó la amiga, dejando la mochila en el asiento de atrás y subiendo al vehículo de un salto.
—Oye, ¿hoy no era tu competición? ¿Cómo fue?
—¡Genial! He quedado clasificada para la siguiente ronda. ¡Tenemos que celebrarlo!
—¡Enhorabuena, amiga! Seguro que has repartido leña. —Sonrió Sofía—. ¡Qué ganas de probar los mojitos del hotel!
—Yo muero por la sauna o el spa. ¡Necesito un masaje con urgencia!
Abrió una bolsa de chuches para el amenizar el camino, también puso la radio.
Sofía cogió la carretera de circunvalación, hasta llegar a la autopista. Después de casi doscientos y pico kilómetros, aún les quedaban otros doscientos más, para llegar al hotel de Roquetas de Mar, pero la lluvia las sorprendió a mitad de camino. Decidieron interrumpir el viaje en un hotel de carretera, para pasar la noche.
—Bienvenidas. Soy Miguel Sánchez. Díganme, ¿en qué puedo ayudarlas? —saludó un hombre de mediana edad, con un traje anticuado de poco gusto y una sonrisa siniestra.
—Somos Adela y Sofía. Queremos una habitación.
Las amigas observaron cómo el individuo escribía sus nombres en una tarjeta. Adela lo miró fijamente, casi haciéndole una radiografía completa. Cuando él se dio la vuelta para coger la llave, ella pudo fijarse cómo le faltaba pelo justo en la coronilla; además, el poco que tenía, era aceitoso, pegado a su cabeza. Puso cara de asco.
—Aquí tenéis, es la 106. Hay toallas limpias y gel para la ducha. También, televisión y aire acondicionado —Extendió el hombre la mano temblorosa, con la llave.
—¿Tienen wifi en el hotel? —preguntó Sofía, tomándola.
Sintió en la piel el roce con la de él. Repulsión al notar restos de sudor. «¡Lo ha hecho adrede!», pensó.
—Lo siento mucho. Aún no está instalado.
Las chicas se miraron de reojo, dándose la vuelta para ir a la habitación, intentando contener la risa.
—Me ha dado repelús ese gesto malévolo que ha puesto al vernos… —comentó Adela, sonriendo.
Después de la ducha, pidieron una pizza y disfrutaron de una película, hasta que se fijaron en un cuadro, con una caricatura de un gato. Se parecía al de Alicia en el País de las Maravillas, en tonos azules y morados. Las observaba, o al menos, eso creyeron. Comenzaron a moverse por la habitación para comprobarlo. Los ojos del gato las seguía de un lado a otro.
Ellas se acercaron al cuadro enfadadas, pensando que el dueño del hotel estaba justo detrás de la pared. De pronto, oyeron un crujido. Un pasadizo se abrió.
—¿Qué es esto? ¿Dónde llevará? —preguntó Adela, intrigada.
—Seguro que a la habitación o a la oficina del tipo ese tan raro. ¡Vamos a investigar!
—¿Qué haces? ¿Dónde vas? ¡Vuelve aquí! No podemos entrar ahí.
—Ven, allí se ve algo. Seguro que el baboso salió corriendo, al descubrir que nos dimos cuenta. ¡Vamos a darle un susto! —contestó Sofía, tirando del brazo de su amiga.
Siguieron por un pasadizo largo, hasta llegar a una escalera, que daba a una puerta. La abrieron con curiosidad, encontrándose en mitad de un bosque, con vegetación espesa. Podían oír a pájaros e insectos. Se quedaron estupefactas, inmóviles ante el hallazgo.
—Creo que será mejor que volvamos. Esto no puede estar ocurriendo —dijo Adela.
Dio un paso atrás, buscando la puerta, pero había desaparecido. Un sudor frío les recorrió el cuerpo. Desesperadas, empezaron a buscar en todas direcciones, para ver si daban con la entrada al pasadizo y volver a la habitación.
—Vale, tranquila…—comentó Sofía—. Nos moveremos para pedir ayuda. Seguro que pronto encontraremos el camino para volver. No puede estar muy lejos.
Agarró a su amiga de la mano y comenzaron el camino. Siguieron un sendero hasta una cabaña con chimenea echando humo. Llamaron a la puerta. Una anciana las abrió, invitándolas a entrar.
—Pasad, hijas. Es tarde. No debéis estar ahí fuera a esta hora. Hace frío.
Les preparó un plato de caldo caliente, mientras le contaban cómo habían llegado hasta ahí.
Al poco rato, empezaron a observar que las paredes de la habitación se movían y los muebles cambiaban de forma. El cuerpo les pesaba mucho. Apenas podían moverse.
—¡Será cabrona! ¡¿Qué nos ha puesto en el caldo?! —exclamó Adela, intentando incorporarse.
Un hombre alto y corpulento, con una horrible máscara les intentó llevar a una habitación para encerrarlas. Adela, a pesar del colocón, consiguió zafarse, usando las llaves de kárate que aprendió de su sensei.
—¡Vamos, Sofía! ¡Quítale las llaves a la vieja!
—¡Las tengo! ¡Corre sin mirar atrás! —exclamó, tambaleándose.
Le quitaron las llaves que la anciana llevaba colgadas al cuello. Salieron de la casa y se escondieron en una cueva del bosque. Al percatarse que la vieja y el hombre las habían perdido de vista, volvieron a salir, corriendo lo más lejos posible.
De entre los árboles, un niño las observaba. Salió a saludarlas.
—Hola, no tengáis miedo de mí. Me llamo Banok y vivo aquí —hizo una pausa—. No podéis quedaros, tenéis que llegar al otro lado del bosque y poneros a salvo. Hay una tribu que le gusta la carne humana.
El pequeño ser tenía la piel grisácea, orejas puntiagudas y una voz cantarina.
Las amigas se sorprendieron al verlo con un traje verde. Parecía un duende.
—¿Dónde tenemos que ir?
—Os puedo llevar a la Cascada de los Deseos. Allí podréis volver al otro lado.
—¿Al otro lado? Pues, ¿en qué lado estamos? —preguntó Sofía, encogiéndose de hombros.
—Estáis en el Bosque de los Momentos Perdidos. No es buen lugar. Si pasáis mucho tiempo aquí, olvidaréis quiénes sois —dijo, ofreciéndoles unas frutillas rojas—. Comed estas bayas, os darán fuerza para poder seguir el camino.
—¿Son alucinógenas? Antes ya nos drogó la vieja de la cabaña. Aún vamos pedo.
—Perdón… ¿cómo hemos llegado hasta aquí? —preguntó Adela, confundida.
—Amiga, por el pasadizo del hotel. ¿No recuerdas el cuadro?
—Empezó a hacerle efecto el bosque —dijo Banok—. Estas bayas mejorarán vuestras habilidades. Os ayudarán —insistió, comiéndose una.
Tomó impulso y saltó por encima de uno de los árboles.
—¡Vaya, tío! —exclamaron.
—¿Veis para qué sirven?
Las amigas tomaron las frutillas y se comieron algunas. Estaban deliciosas. Comprobaron que podían dar saltos enormes, correr más rápido de lo normal.
A los pocos minutos, aparecieron unos seres alargados, ataviados con pieles y lanzas, dando alaridos hasta cazarlas.
—¡Joder! ¡¿Y estos quiénes son?! —exclamó Adela, muy nerviosa.
—¡Corred! ¡Son los caníbales! —exclamó Banok.
Fueron saltando de árbol en árbol hasta llegar a un puedo deshabitado, en apariencia. Las casas estaban destartaladas. Las calles desiertas, silenciosas.
Se escondieron de la tribu por entre los edificios, aunque salieron de detrás de una pared. Banok levantó sus manos, como si tuviese un escudo, dejándolos paralizados unos segundos; tiempo necesario para poder huir.
Saltaron para subir a un tejado. Banok frotó un colgante con una piedra azul, que empezó a brillar. En un instante, apareció del cielo una enorme águila que aterrizó a su lado.
—No os asustéis. Mi amiga Saura ha venido a ayudarnos. Ella nos llevará lejos de aquí —explicó, subiendo al lomo del animal.
—¿Estás seguro que podemos montar en el pájaro —preguntó Adela, dudosa.
—¡Claro! Pegad un salto y trepad hasta colocaros en el lomo.
Las amigas se miraron con miedo, aunque no tardaron en subir al ave enorme. Abrió sus alas, elevándose unos metros del suelo sobre tejado.
Las chicas, agarrándose fuerte, comenzaron a chillar por la impresión, mientras que la tribu de caníbales les arrojó lanzas y piedras, aunque consiguieron escapar de allí.
En pocos minutos, el pájaro recorrió veloz varios kilómetros, aterrizando en un claro del bosque, donde ya no había peligro.
—Gracias, vieja amiga por la ayuda. Te veré pronto —se despidió Banok.
El animal dio un alarido y salió volando.
Las amigas aún estaban estupefactas de la emoción, cuando su pequeño compañero les indicó un camino.
—Ahora debemos ir por aquí. No hay que desviarse hasta llegar a casa de Velson. Tendremos que conseguir que nos deje pasar hacia la cascada.
—Y cuando lleguemos? —preguntó Sofía.
—Escalaréis unas hasta la cima. Desde allí, os lanzaréis al agua, para llegar a la cueva subterránea.
—¿Lanzarnos? Y, ¿no podemos llegar nadando desde abajo? —preguntó Adela, frunciendo el ceño.
—No, si queréis que funcione.
—¿Quién es ese Velson? Y, ¿por qué no nos iba a dejar pasar? —preguntó Adela, desconcertada.
—Es un trasgo del bosque. Un ser con malas pulgas, avaricioso. Es el condenado custodio de la cascada.
Fueron por el camino hasta llegar a un tronco de árbol grande. Un duende con pinta de humanoide horrible, les hizo el alto. Tenía pinta de malvado, sombrero puntiagudo y una grandifea nariz aguileña. Aparte, desprendía un olor nauseabundo. Era espeluznante.
—¡Alto! ¿Qué estáis haciendo aquí? —dijo con voz chirriante.
—Hola, señor Velson. Hemos venido a pedirte que nos dejes pasar el sendero.
—¡Ni hablar! No pasaréis hasta que mi acertijo resolváis.
—¿Cuál es ese acertijo? —preguntó Banok.
—Escuchadlo bien, porque una sola vez lo diré: Si me tienes, me quieres compartir, y si me compartes, me dejas de tener.
—Dinero —soltó Sofía.
—¿Qué es eso? —preguntó el trasgo, con cara de interesante, cerrando un ojo.
—¿Oro, plata, joyas? —añadió Adela.
—¡Incorrecto! —graznó, acompañado de una sonrisa diabólica.
—¿El amor?
—Pensad, pensad… Poco tiempo os queda ya.
Las amigas se apartaron un poco, farfullando posibles respuestas, hasta que quedaron en silencio, sonriendo, iluminándose los ojos.
—¡Un secreto! —exclamó Adela, sonriente.
El señor Velson quedó mudo un instante. Sus mejillas cambiaron de color a rojo vino. Los ojos se llenaron de venitas encendidas. Colérico, se puso a dar pataletas en el suelo.
—¡Imposible! ¡¿Cómo lo has adivinado?! ¡No puede ser!
—Ahora debes dejarnos pasar —sonrió Banok, pletórico de alegría.
Velson, se apartó del camino, dejándoles paso, muy a su pesar. Se quitó el sombrero picudo, haciendo una reverencia para que siguieran.
Llegaron hasta unas rocas, escalando a la cima.
—Este es el final del camino, amigas. Ahora debéis lanzaros y bucear hasta encontrar el pasadizo de vuelta a casa. Tenéis que desearlo con mucha fuerza.
—Banok, muchas gracias por tu ayuda —dijo Sofía.
—Nunca te olvidaremos, amigo.
Las chicas abrazaron al pequeño Banok. Después, ambas se agarraron de la mano y saltaron juntas hacia la cascada, llenando los mofletes de aire.
Empezaron a bucear con todas las fuerzas, pero no conseguían ver el final. No había pasadizo… Solo oscuridad y agua turbia.
Al poco, comenzaron a sentir la falta de oxígeno. La energía les falló, por lo que decidieron nadar hasta lo que pensaban que era la superficie.
Los pulmones no daban abasto. La cabeza les iba a estallar. Una bocanada de agua inundó las fosas nasales. Intentaron salir sin conseguirlo, quedando inmóviles, hundiéndose hacia el fondo inmenso de la laguna.
… Y se vieron de nuevo, lanzándose desde las rocas, comenzando a bucear, buscando el pasadizo. Tampoco lo encontraron, pero los pulmones no aguantaron y, otra vez, se hundieron. Un bucle sin fin.
Nuevos clientes llegaron al hotel para pasar la noche. Una pareja se instaló en la misma habitación de las amigas. Después de una ducha, se tumbaron en la cama a ver la televisión.
—Jana, ese cuadro nos está mirando…
—¿Qué dices, atontao? ¿Cómo nos va a mirar un cuadro?
—Sí, ven —observó de cerca—. Es un gato y al fondo se puede ver a dos chicas dentro del agua.
—Sí, es cierto. Parece que se están ahogando, ¿no?
—¡Mira! Aquí hay una anciana con un candil y un tipo con una máscara que da grima —Señaló a la esquina superior del cuadro.
De pronto, un chasquido y la grieta dejó entrever una luz tenue.
—¡Mira! ¡Hay un pasadizo! —exclamó la mujer.
—¡Vamos a investigar!

 

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