—Luisa, recuérdame porqué aceptamos venir a este viaje…
—Querido Pepe, es una aventura que nunca hubiéramos vivido y esta, es una oportunidad para conocer otras culturas —dijo su esposa sonriente, agarrada al camello en el que iba montada.
—Sí, ya, ya… pero tengo el culo como una tabla de planchar… ¿A quién se le ocurre ir al desierto de viaje?
—No seas quejica, maridito, y disfruta del paisaje.
—¿Qué paisaje, Luisa? Sólo hay arena y un sol de justicia… —farfulló entre dientes.
—¡Papá! ¿Qué tal va todo por ahí detrás? —preguntó su hija Ana. Iba delante, al lado de su novio.
—Sí, Ana, todo va bien —respondió irónico, agarrándose con una mano a las riendas del animal y la otra, intentando colocarse el pañuelo de la cabeza.
Con el traqueteo del camino se le iba escurriendo.
—¡Pepe! Solo media hora más y llegaremos al oasis —se giró Joaquín, el yerno, sacando una mano y haciendo el gesto de que todo iba bien.
Fue quien organizó las vacaciones en familia.
—Solo media hora, solo media hora… Eso va diciendo desde que nos montamos en este bicho infernal… —murmuró Pepe, bajo la atenta mirada de su mujer, que arqueó una ceja a modo de desaprobación.
Después de andar un buen trecho, llegaron a una gran jaima en medio del desierto, donde les esperaba un grupo bereber, con sus típicos turbantes y chilabas en tonos azules.
—¡Ya hemos llegado! Estaba deseando probar las comidas típicas de aquí. Dicen que son muy ricas… —exclamó Ana, bajando del camello de un salto.
La cara de Pepe era un poema: durante todo el viaje se imaginó que llegarían a un hotel con piscina, pero era una gran tienda de campaña, con cortinas y alfombras, sin aire acondicionado… y sin piscina, por supuesto. El guía de la excursión dio una orden al camello de Pepe, que se arrodilló en la arena. Joaquín le ayudó a bajar, porque el suegro estaba encajado en la montura.
—Bueno, Pepe, ¿qué le ha parecido el camino? ¿Se ha fijado en las distintas tonalidades de la arena cuando es reflejada por el sol? —preguntó sonriente.
Sin mediar palabra, le echó una mirada de soslayo e intentó enderezarse, llevándose las manos a la espalda. Sus piernas aún estaban arqueadas por la montura y le costaba andar. Se agarró del brazo del joven para poder empezar a moverse.
—¿Tonalidades…? Anda, déjate de tonalidades y ayúdame a llegar a un sofá…
—Pepe, aquí no hay sofás… Los bereberes se sientan en el suelo sobre cojines —sonrió, viendo cómo Pepe fruncía los labios.
A la hora de la comida, las mujeres del lugar dispusieron una serie de platos variados sobre una gran alfombra como mantel. Cada una de las comidas, con sus diferentes colores y aromas, estaban sobre bandejas de barro.. Los cuatro se sentaron alrededor, aunque Pepe estaba muy incómodo. No sabía muy bien cómo colocarse. Miró cada uno de los platos, intentando reconocer los ingredientes.
—Papá, prueba este plato: se llama pastela de pollo y la salsa está hecha con miel. Es un manjar muy delicioso —dijo Ana señalando una de las bandejas.
—Y los platos y cubiertos, ¿dónde están? —preguntó el hombre, mirando hacia todos lados.
—Pepe, aquí no comen con platos ni cubiertos. Debe coger la comida con la mano y llevarla a la boca. Aquí es lo tradicional —explicó Joaquín, enseñándole cómo lo hacía él.
—¡¿Cómo?! ¿Hay que comérselo con las manos? —exclamó Pepe, con los ojos desorbitados.
—Sí, mira, es divertido… Esto en nuestra ciudad no se puede hacer. Nos mirarían mal —empezó a reír su mujer, llevándose comida a la boca.
Pepe miró todo con recelo. No le hacía mucha ilusión comer, mientras otros metían las zarpas dentro del plato. ¡A saber s se las habían lavado!
Empezó a soplar una agradable brisa, que el hombre agradeció porque estaba pasando mucho calor, a pesar que llevaba ropa cómoda y de algodón. Antes de salir hacia el desierto, el guía les recomendó ir con ropa de algodón, fresca y de manga larga, para no quemarse con el sol.
Joaquín empezó a ponerse un poco nervioso, Pepe no le quitó el ojo de encima. En su cabeza sólo podía imaginar una escena que se repetía, una y otra vez, del «desastre» cuando hiciera «la pregunta». Luisa estaba encantada, pues hacía tiempo que ella y su marido no salían a comer o cenar. Esta era una de las primeras veces, en años, que no tenía ni que cocinar ni fregar después de comer.
Ana era feliz de ver a sus padres y a la persona que amaba por fin juntos, disfrutando de un viaje inolvidable. Y entre comida va y viene, se le escapó una sonrisita cómplice con su novio. Uno de los bereberes empezó a hablar en voz alta hacia los demás, haciéndose un silencio ensordecedor. Los cuatro invitados no entendieron nada de lo que estaba diciendo, mientras Joaquín echó mano a su bolsillo y tímidamente sacó una cajita de terciopelo azul.
—¡Tormenta de arena! ¡Se acerca una tormenta de arena! —exclamó el guía, dejando a la familia estupefacta.
—¡No! ¡Esperad un momento… Tengo algo que decir! —exclamó Joaquín, mirando a Ana.
—¡Imposible! ¡Hay que resguardarse! ¡Las tormentas de arena pueden ser muy peligrosas! —volvió a exclamar el guía turístico.
—Pero es que… Ana, yo… yo… ¿quieres ser mi…? —dijo Joaquín tapándose, ya que se había levantado mucho aire y se le había metido arena en los ojos, mientras el guía le agarró del brazo y tiró de él.
—¡Hay que protegerse! —exclamó el guía, llevándolos hacia los camellos—. ¡Tenéis que colocaros en cuclillas, pegaros al camello, y taparos bien con la manta para que la arena no os golpee en la piel! —gritó con fuerza para que le oyeran.
Pepe no dio crédito de lo que estaba pasando, al tiempo que un hombre bereber le tapó la cara con un pañuelo, para evitar que la arena le dañase las vías respiratorias.
—¡¡No se preocupen!! ¡¡Pasará pronto!! ¡Las tormentas de arena son algo muy normal aquí! —volvió a gritar el guía, protegiéndose también.
El viento rugió con fuerza y un vendaval de arena se levantó, azotando cada partícula de polvo sobre las mantas y provocando un ruido sordo, como si les estuvieran apaleando.
—¡¡Anaaaaa!! —gritó Joaquín con fuerza—. ¡¿Quieres casarte conmigoooo?!
—¡¡¿Qué dices?!! ¡¡No puedo escucharteeeee!!
—¡¿Qué si quieres casarte conmigooooo?! —volvió a gritar Joaquín, casi afónico.
—¡¡¿Qué si quiero pasarme contigoooo?!!
—¡¡NOOOO!! ¡¡Que te cases conmigo si salimos de estaaaaaa!!
—¡¡Síiiiii!! ¡Te quiero muchoooooo! —contestó la chica sonriendo.
—¡¡No vamos a salir vivos de aquíiii, Luisaaaa!! —gritó Pepe a su mujer, asustado—. ¡ Y lo que menos me apetece es morir pegado al culo de un camello!
—¡Calla, Pepeeee! ¡¡Ya viste lo que dijo el guía: que es algo normaaaal!!
—¡¡Suegrooooo!! ¡¡Su hija y yo nos vamos a casarrrrrr!! —gritó Joaquín contento.
—¡¡Yernoooo… no sabes cuánto te odiooooo!!
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