Ella

Ella

—¡Inspector Serrano, la chica está aquí! ¡Venga! —gritó el agente Donoso, haciendo resonar la voz por todo el túnel de la antigua vía de tren.

Todos los agentes se acercaron corriendo al lugar. Enfocaron con sus linternas para mayor visibilidad. Una puerta metálica se abrió; el chirrido los dejó helados: la silueta de una joven muy delgada y débil aparecía frente a ellos.

—¿Se encuentra bien? ¿Tiene alguna herida? —preguntó el sanitario, colocándola con cuidado sobre la camilla.

La chica los miró a todos con sorpresa y se desmayó de la emoción, sin decir ni una palabra.

La ambulancia la trasladó al Hospital La Encina de Asturias, la ingresaron en la UCI para hacerles pruebas, hasta su recuperación, y así, averiguar más sobre ella.

Después de dos días inconsciente, abrió los ojos. Seguía bastante aturdida. La auxiliar corrió a avisar a la enfermera y al inspector, esperando ansioso a que despertara.

—Buenos días, señorita. Soy el inspector Serrano. Estoy llevando su caso. ¿Cómo se llama?

La chica lo miró con desconfianza, a él y al policía que estaba a su lado tomando notas.

—Te conozco, tú eres el agente que me ayudó —dijo señalándole con el dedo.

—Sí, yo te saque de ese agujero.

—Me llamo Lorena Cabanilles —Sonrió levemente—. Un tipo me raptó a la salida del trabajo.

—¿Recuerda algo de ese hombre: tatuajes, la voz, algún tic nervioso, color de pelo o de ojos? —preguntó el inspector.

—Era un hombre alto, delgado, con el pelo muy corto o rapado. También recuerdo una habitación sin ventanas, con luz blanca.

—¿Cómo era su voz? ¿Tenía algún acento?

—No, creo que nunca llegó a hablar conmigo. ¿Dónde está mi marido?

—¿Cómo se llama su marido? Le buscaremos.

—Se llama Pablo Hidalgo. Por favor, le echo de menos. ¡Encuéntrenlo! —se emocionó, echándose a llorar.

—No se preocupe, Lorena. Nosotros daremos con él. Podrán reunirse pronto.

La policía volvió a la comisaría para investigar unos expedientes antiguos, que ya estaban archivados hace tiempo.

—Inspector, he encontrado a Lorena. —Donoso entregó la carpeta y unos papeles al inspector Serrano—. Pero no se lo va a creer…

El hombre agarró los documentos, mirándolos con detenimiento. Quedó en silencio unos minutos para procesar la información.

—Pero… esto es imposible. No puede ser. ¿Seguro que es el archivo correcto?

—Sí, señor. Mire la foto de la víctima: es ella, no hay duda. —Señaló con el dedo.

Volvió a examinar con atención todos los papeles, anotando en su móvil el teléfono del marido, con la esperanza de encontrarlo. Se trataba de un teléfono fijo y habían pasado más de quince años.

—Hola, ¿podría hablar con Pablo? Pablo Hidalgo Meseguer, por favor.

—¿Diga? Soy yo. ¿Quién es?

—Hola. Soy el inspector Víctor Serrano. Le llamo de la comisaría de Cudillero, con respecto a una denuncia de desaparición que interpuso hace años.

El hombre, al otro lado del teléfono enmudeció por la impresión.

—Disculpe, ¿cómo ha dicho?

—Verá, es que… Hemos encontrado a su mujer, Lorena, con vida.

Hubo unos segundos de silencio, procesando la información.

—¿Está seguro? Desapareció… hará unos quince o veinte años. Nunca consiguieron una pista de ella. El caso está cerrado desde hace mucho.

—Le agradecería que se personara en la comisaría para hablar de esto con más calma —sugirió el inspector.

Cuando el marido llegó, le hizo pasar a su despacho, invitándole a sentarse.

—Soy Serrano. Hemos hablado hace un rato por teléfono. El caso de su mujer nos ha extrañado. ¿Alguna vez se puso en contacto con usted?

—Pues fíjese a mí, que denuncié la desaparición a principios de los años ochenta. Nunca tuve noticias de ella.

Los agentes y el inspector se echaron una mirada cómplice.

—Sí, de eso quería hablarle. ¿Cómo recuerda a Lorena?

El hombre dio un suspiro, levantando la mirada. La visualizaba en ese momento.

—Verá, por aquel entonces ella era muy joven. Solo tenía 22 años cuando nos casamos. Su melena era larga, oscura y rizada. Le gustaba hacer ejercicio, ¿recuerda a una tal Eva Nasarre? Tenía todas sus cintas VHS de sus clases —explicó el hombre.

—Algo me suena, sí… —afirmó con la cabeza el inspector.

—Estuve largo tiempo buscándola. Incluso, recurrí a una médium, pero ustedes la dieron por muerta. Pasé unos años muy malos, hasta que conocí a mi nueva esposa, Margarita, con la que tengo tres hijos —añadió el hombre.

—Debería acompañarnos al hospital. Ella está preguntando por su marido. Nos ha dicho que le echa de menos.

—¡¿Cómo es eso posible?! Jamás pensé que volvería a verla.

Se dirigieron al hospital y entraron a la habitación, donde la chica seguía en la cama, con un gotero, recuperándose.

Pablo abrió los ojos de par en par, frotándoles con la manga de la camisa, porque no daba crédito de lo que tenía delante.

—¿Lorena? ¿Eres tú? —Se acercó a la cama.

—¡Pablo! ¡Qué alegría verte! Cariño… ¿qué te ha pasado? Tu pelo… —Le acarició la cara pasando sus dedos por los surcos del rostro.

—Lorena —Dio un suspiro—, han pasado muchos años. Pero tú… tú estás igual. ¡No puede ser!

Al momento, llegó un enfermero con los resultados de las analíticas para que el doctor las revisara.

—Parece que todo está bien, aunque hay algo raro. Necesito repasar el informe del laboratorio. —Echó a andar rápidamente.

El médico, después de escudriñar bien las pruebas, reunió a Pablo y al inspector en su despacho para comentarles su interpretación.

—Bueno, según los estudios, todo está correcto, a excepción de las pruebas de ADN. Son algo confusas. La máquina introdujo parte de ese ADN como «desconocido», y, lo más curioso: dio un parentesco.

Tanto el inspector como el marido, quedaron sorprendidos por la explicación.

—¿Qué significa como desconocido? —preguntó el investigador.

—ADN desconocido… no humano. —Hizo una pausa—. Y no es Lorena, es su hija.

Ambos enmudecieron sin comprender lo que quería decir.

—¿Cómo es posible? —Se sorprendió Serrano.

—¿Mi hija? ¿Cómo va a ser su hija? Lorena y yo no tuvimos hijos. Además, ella me recuerda.

—No puedo explicarlo, pero es como si fuera una réplica de su esposa. Ahora, necesito tomarle una muestra, para saber si también comparte su ADN —comentó el médico.

Lo analizó en el laboratorio y comparó resultados.

—Según el informe, es usted el padre en un 89%

—Pero eso no puede ser, ¿no? —preguntó Serrano.

—El resto es extraterrestre… —aseguró el médico, con la vista en los documentos.

—¡¿Extraterrestre?! ¿Quiere decir que es una alienígena? —preguntó Pablo alterado—. ¿Qué vamos a hacer?

—Dejarla en observación, o… enviarla con usted: es su hija.

—¡Doctor! —interrumpió una enfermera—. ¡Le hemos llevado la comida a la paciente, pero ha mordido a mi compañera en el brazo!

Todos salieron del despacho hacia la habitación. Lorena tenía a la sanitaria agarrada, mordiendo el cuello, mientras despedazaba su estómago. Solo se escuchaban los gritos de dolor por toda la planta. Rápidamente, la sangre salpicaba las paredes y las sábanas.

—¡Llama a seguridad y prepara midazolam y haloperidol inyectables! —exclamó el médico, angustiado por la macabra escena que estaba viviendo.

—¡Doctor! Esa cosa no es humana…

 

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