Ni bueno ni malo

Ni bueno ni malo

—Mira esos enclenques y deplorables humanos. Se creen que gozan de todo el tiempo del mundo. —Rio Azazel con sorna.

—¡Déjalos en paz! Bastante tienen con salir adelante, por la cantidad de obstáculos a superar cada día, gracias a ti y tus esbirros.

—¡Calla, Gabriel! —rugió, soltando un puñetazo en el sillón—. Esto puede ser muy divertido.

Ambos pudieron observar cómo el tren aumentaba la velocidad y el maquinista, al tirar de la palanca de freno, se quedaba con ella en la mano.

—¡Eso es trampa! —exclamó, moviendo, leve, su ala derecha.

El tren fue disminuyendo la velocidad para tomar la curva con firmeza.

Los dos estaban frente a la gran pantalla de trescientas pulgadas, disfrutando de unos tacos al pastor y una cerveza bien fría.

—¡Gabriel, no te metas! Sabes que debo llevarme cien almas esta tarde. —Frunció el ceño, mientras volvía a golpear la piel del sillón.

—¡Hay niños! ¡No puedes hacerlo!

—¿Siempre vamos a tener esta discusión durante todo nuestro infinito?

—Sí, si hace falta. Puedes llevarte a otros despojos de la sociedad: asesinos, criminales, pederastas…

—De esos ya tengo muchos allá abajo. Quiero más variedad. Además, ya sabes: mala hierba nunca muere. —Soltó una risotada, haciendo retumbar todo el salón.

Dando un chasquido, uno de los edificios más altos de la ciudad se resquebrajó. Cayeron varios cascotes a la acera, sesgando la vida a tres viandantes.

—¡Serás ca…! ¡¡Todavía no les había llegado la hora!! ¡Lo hiciste a traición!

—Gabriel, Gabriel. Parece mentira, con los siglos que ya nos conocemos… —Sonrió—. No te pongas tierno. Aún me quedan noventa y siete.

Azazel fijó su vista en un hospital. Se tiró levemente de la barba, apretando el otro puño con fuerza, dibujándosele una sonrisa maléfica en el rostro.

Una mujer, en la sala de partos, dos hombres en el box, después de operarlos, y tres ancianos sufrieron una embolia, paros cardíacos y derrames cerebrales.

—¡A la embarazada! ¿Por qué? —inquirió Gabriel, echándose las manos a la cabeza.

—Siete menos de los que preocuparse.

—Seis… ¡Oh! ¿También al bebé? Pero ¿¡qué te hizo esa pobre criatura!?

Azazel no respondió. Se limitó a mirarle de reojo, desafiándole con su siguiente propuesta.

Empezó a mover el rabo terminado en punta de flecha, cada vez más rápido, haciendo zozobrar un gran crucero, movido por el fuerte oleaje levantado «de pronto».

—¡Maldito seas! ¡Esa gente está disfrutando de sus vacaciones! —exclamó—. Llevan todo un año trabajando duro para poder pagar sus facturas de luz y gasolina, gracias a la guerra que provocaste. Y ahora, ¿te los quieres llevar también?

—Sí, serían noventa de una tacada y ya podríamos disfrutar del partido.

—Ni hablar.

—¿Y si solo me llevo a las mujeres del pasaje?

—¿Por qué harías eso?

—Solo serían noventa mujeres. Hay muchas en el mundo. Sus «afligidos» maridos podrían volver a casarse.

—Azazel, eres un misógino. —Cogió el mando de la pantalla, cambiando de canal—. Aquí puedes encontrar noventa almas ansiosas por visitar tu mundo.

—¿La prisión? Estoy harto de buscar ahí. Además, en la Tierra también debe de haber este tipo de alimañas, sin escrúpulos.

—¡Mira! ¡Este esperpento mató a sus hijos! ¡¡Llévatelo!! —Hizo una pausa—. El batallón aniquiló a prisioneros de guerra sin esperar a un juicio justo. —Señaló a la tele—. ¡Estos dos entraron a un instituto y asesinaron a sus compañeros! ¡¡Ahí van cuarenta y ocho almas!!

El hermano chasqueó los dedos, fulminándolos mientras dormían, al prenderse unos colchones y respirar aire viciado.

—¡Listo! Tus elegidos. Ahora me toca a mí. —Se frotó las manos.

—¡Todavía no he acabado!

Le soltó un latigazo con el rabo, haciéndole resbalar el botellín de cerveza de las manos.

En la pantalla apareció un valle colmado de casas de campo. De repente, se formó un huracán, cuando comenzó a mover su dedo índice en círculos.

—¡No lo hagas! ¡Hay una escuela! ¡Los niños están ahí! —gritó, intentando quitarle el mando a distancia.

No fue suficiente: el fuerte vendaval levantó edificios, haciendo volar a varias personas por los aires.

—¡¡Mira, Gabriel!! ¡Estos quieren imitarte sin alas! —Empezó a reír con fuerza.

Su hermano lo miró con lágrimas en los ojos. Solo podía pensar en las vidas de los inocentes que acababan de fallecer. Los humanos eran tan sumamente frágiles, tan inconscientes de ello. ¡Daban tanta pena!

Azazel le lanzó el mando.

—Venga… no te pongas así, tío. Quedan diez. Te dejo elegirlos.

Gabriel le soltó una colleja con el ala, haciéndole atragantarse con el bocado del taco.

—¡Cab…! Casi me ahogas.

—Quizá debería hacerlo. Me evitarías este mal trago todos los sábados.

—Venga, hermano. Elige a tus víctimas. Se me está acabando la cerveza y la paciencia o los elegiré yo.

—Hay tres dictadores, un abusón consiguió que se suicidara una niña, y seis narcos sobrantes en este mundo. Ya sabes quiénes…

—¿Solo tres dictadores? Bueno, perfecto: uno será atropellado, otro tendrá un shock anafiláctico, y el tercero… Al tercero se lo cargarán de un disparo —dijo, mientras se le iluminaban los cuernos de un rojo sangre. Parecía disfrutar de los destinos de estos deshechos humanos.

—No te salgas del guion.

—Me conoces demasiado bien, hermano. —Azazel sonrió, guiñando el ojo­—. Hasta el próximo sábado. Ve pensando en tus víctimas; yo ya tengo a las mías —se despidió, dejando un tufo a azufre.

—¡Padre…! ¡Menudo karma me dejaste con este necio! —exclamó, poniendo los ojos en blanco.

 

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