En el año 2084, el asteroide Myphos colisionó contra la Tierra. Transportaba una espora que contagió a miles de personas; otras, murieron. Algunos sobrevivientes sufrieron mutaciones.
Todo era muy diferente. Hambre, crímenes, pillería… La gente se convirtió en piratas de lo ajeno para subsistir: implantes cerebrales, drogas sinápticas y microchips eran los más apreciados.
Emma llevaba meses vagando por las calles, rastreando el paradero de tío Sigmur. Todos los lugares parecidos: escombros, polvo, niebla intensa, calor de día, frío de noche, cadáveres, podredumbre… El silencio invadía cada rincón, haciendo rechinar las piedras bajo las botas. «¡El olor a podrido es tan vomitivo!», pensaba.
El mapa holográfico indicó Gatewhisper. No era muy grande. Suficiente para conseguir comida y refugio durante la noche. Pudo divisar el cartel roto de un hipermercado. Al acercarse, las puertas de cristal estaban atascadas. Con una barra de hierro, consiguió forzarlas y colarse por el hueco. «¡Por fin! Comida, bebida, ¡y un baño!». Pero debía cerciorarse. Con sigilo, aseguró el perímetro, adentrándose por los pasillos. «Todo parece despejado». Había una puerta grande que daba al almacén. Al abrirla, notó un tufo desagradable: el cadáver de una mujer tirado en el suelo. La envolvió con una toalla, arrastrándola hasta el aparcamiento. Después, apuntaló el portón. «Más vale prevenir».
Echó un vistazo por las neveras; seguían frías. «Un generador de energía solar. ¡Increíble!». La comida continuaba en buen estado. «¡Cocacola! ¡Qué ganas tenía de un trago!». Los ojos se le fueron a una pizza, cuatro quesos y sonrió. El horniómetro del almacén le vendría perfecto para calentarla. Mientras, recorrió la sección textil, buscando ropa nueva y gel. Llevaba los mismos trapos desde hacía un par de semanas. «¡Desprendo hedor a mugre!», pensó, olisqueando la axila. Se pudo dar el gusto de lavarse el pelo pegajoso, con champú de flores silvestres.
La comida estaba buenísima. Terminó chupándose los dedos, al tiempo que revisaba de nuevo los frigoríficos. Una tarta de queso y mermelada, con aspecto suculento, la hizo salivar. «¡Qué pinta más rica!». Durante unos segundos quedó pensativa: «Felices quince primaveras, Emma», pensó, acordándose de su madre. Una lágrima recorrió su rostro. «La echo tanto de menos… Ella encendería una vela para pedir un deseo».
A continuación, se acomodó en una esquina. La mochila como almohada para descansar. De repente, escuchó gruñidos y arañazos en el exterior. Con cuidado, asomó la cabeza. Unos infectados, dándose un festín con el cadáver que había dejado fuera. Tumbada, de nuevo, comenzó a leer una revista. «Aún estarán un buen rato zampando».
Un rayo de sol impactó en los ojos: «Hora de irse». Se abasteció de latas de comida y algunas botellas de agua para el camino.
Con sigilo salió a la calle. Siempre llevaba un palo de jóquey para defenderse. Era ergonómico, fuerte y apenas pesaba.
Después de andar cerca de cuatro kilómetros, había un cartel que indicaba Balt City.
Recelosa, recorrió las calles, intentando no atraer la atención de algún infectado. Daban cierta inquietud esas avenidas tan silenciosas. En su pasado fueron transitadas, y ahora, desiertas, sucias; las casas cochambrosas: fueron saqueándolas con el tiempo.
El ruido sordo del silencio, interrumpido por algún ladrido de un perro en la lejanía o el rugido de las tripas, iban haciendo eco.
De pronto, un chasquido a la izquierda la puso en alerta. Al llegar a la esquina, asomó la cabeza con cuidado: un grupo de personas trataban de abrir el maletero de unos vehículos, en busca de víveres.
—¡Quieta ahí! ¿Quién eres?
Una señora con un gorro de lana verde apareció de la nada, apuntándole con una pistola. La chica levantó las manos, dejando caer la mochila.
—Soy Emma. No busco problemas.
La mujer de mediana edad se acercó a observar con detenimiento. Agarró la bolsa, revolviendo sus cosas.
—Me llamo Libby. ¿Estás sola, jovencita?
—Sí, señora. Estoy averiguando dónde está mi tío.
—¿Y tus padres?
—No lo sé…
Lanzó a Emma una botella pequeña de agua. Llevaba sedienta desde hace horas.
—Nuestro campamento está a unas calles de aquí, en un almacén enorme. Vamos a hacer barbacoa, ¿te apuntas? Estás en los huesos.
—¿De verdad? ¿Puedo ir?
—¡Claro! Ya está anocheciendo. Es peligroso que andes por aquí sola. Esos bichos nos acechan.
Los siguió hasta la nave. Allí les contó su historia. Varias familias esperaban con entusiasmo la vuelta de su gente, recibiendo a Emma, intrigados por conocer a la nueva visitante.
De un par de neveras grandes sacaron algunas chuletas de carne. Otros, prepararon las barbacoas, hechas con ladrillos y unas rejillas metálicas. Nada más colocarlas sobre el fuego, un olorcillo invadió la nariz de la chica, comenzando a salivar. Llevaba comiendo latas de atún y paté desde no recuerda cuándo. «¡Qué pinta más buena tiene, con el pan recién horneado!», se emocionó. La intriga era evidente en su cara. ¿De dónde sacaron los ingredientes para hacerlo?
—Emma, ¿de dónde eres? —preguntó una chica, ofreciendo un bocadillo caliente.
Disfrutó con el primer bocado, cerrando los ojos y sonrió. «¡Qué delicia!».
—Antes de comenzar todo esto, vivía con mis padres en Sausalito. Allí me gustaba practicar surf y remo. ¡Era divertido!
—¿Te apetece una cerveza?
—No me entusiasma, pero tomaría un refresco.
—¿Limón o naranja? —Sonrió un chico joven.
Tomó la lata. Estaba fría. Tiró de la anilla hasta oír el sonido tan característico.
Se sorprendió al ver una hamburguesa recién preparada. No llevaba tomate o lechuga, pero el kétchup ayudaba.
Conforme pasaban las horas, empezó a encontrarse más cómoda, con cierto sopor. Los párpados le pesaban por momentos, hasta quedarse dormida.
Al abrir los ojos, estaba muy aturdida. Podía sentir la mano izquierda y el pie derecho agarrados con una cadena.
«¡Me ha secuestrado esta gentuza! ¿Qué quieren de mí?».
Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo distinguir a un par de personas allí, también.
—¿Hola? ¿Quién hay?
—¡Chist! No les gusta que hablemos —susurró una voz.
—Soy Emma, ¿y tú?
—Alice —Tardó en responder.
Emma oyó un ruido hacia la derecha: un chico al otro lado de la sala.
—Me llamo Jan.
—¿Por qué nos han encerrado aquí? Me invitaron a cenar…
El silencio de ambos la puso más nerviosa.
—Nunca debiste venir —respondió la chica.
La puerta se abrió de golpe. Encendieron la luz. Un hombre alto trajo una bandeja en las manos.
—¡Bon appétit! Debéis coger algo de peso, chicos.
Dejó los platos en el suelo, disponiéndose al lado, para darles de comer. El olor casi hizo vomitar a Emma. Entonces pudo observar a Jan y Alice. A él, le falta un brazo; a ella, los dos. «¡¿Qué está pasando aquí?!».
Sin pensarlo, al tipo le soltó una patada con el pie libre. Cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra una columna. Inconsciente, sangraba a borbotones.
En ese momento, Emma se percató de algo más: un muchacho al que le faltaban las piernas y brazos. Le habían cortado la lengua para que no gritara. Estaba muy débil.
Le tembló el cuerpo solo de imaginar la pesadilla que vivieron con esos salvajes. Ellos la miraron nerviosos, asustados, al mismo tiempo. «¡Rápido, Emma! ¡Piensa en cómo salir!».
—Pronto vendrán a ver qué le pasó —dijo Jan—. ¡Date prisa! ¡Haz algo!
Ella echó un vistazo a su alrededor, forcejeando, pero no pudo sacar la mano. Apretaron demasiado la cadena. Ya notaba un hormigueó y comenzaba a estar amoratada.
Los miraba fijamente. Sin vacilar demasiado, usó el cuchillo que llevaba el tipo en el cinturón, para empezar a cortar. Cerró los ojos, mordiendo la camiseta. Con un movimiento seco, lo consiguió, ahogando gritos de dolor. «¡No puedo creer lo que he hecho! ¡Maldita gente sin escrúpulos!».
Alice la miró con horror, no esperaba verla realizar algo parecido. Los otros estaban expectantes.
La sangre empapaba la ropa. Salía con fuerza y gran cantidad. Como pudo, Emma tomó el cinturón haciéndose un torniquete, para evitar desangrarse. Rápida, estiró la mano para agarrar el llavero, liberándose el pie.
Las lágrimas de sufrimiento resbalaban por el rostro, pero debía ser fuerte e intentar sacar a los demás, también. No podía dejarlos allí.
Soltó a Alice y a Jan, pero el tercero estaba demasiado débil. Era imposible.
—Lo siento… No podemos llevarte —susurró con pesar.
Le devolvió la mirada, comprendiendo la situación. Sonrió. Ella tomó el cuchillo de nuevo, haciéndole un corte limpio en la yugular. «No debes sufrir más». Al acabar, los tres salieron por la puerta, cerciorándose de no haber nadie cerca, pero un par de hombres los sorprendieron.
Intentaron detenerlos, forcejeando con ellos. Alice sufrió un golpe fuerte, que la hizo caer al suelo. En ese momento, Emma aprovechó para clavarle el cuchillo a uno de ellos. El otro hombre agarró a Jan. Apenas podía defenderse. La chica se revolvió y cogió una piedra que la estampó contra la cabeza del tipo, pudiendo escapar.
Corrieron, adentrándose en el bosque, sin mirar atrás.
Al rato, Emma ya no consiguió ver a Jan, se perdió en la espesura de los matorrales y la oscuridad. Las fuerzas empezaron a fallarle. Sentía debilidad en las piernas. Le costaba respirar. La vista se nubló.
Cuando consiguió abrir los ojos, notó estar en una cama mullida, tapada con una manta. Calor hogareño. «¿Dónde estoy?». Todo giraba a su alrededor. Sentía como si el colchón la tragara. Tampoco lograba moverse o mantener los ojos abiertos. Aunque no tardó demasiado en quedarse dormida, a pesar de los esfuerzos.
—Tranquila, niña. Pronto estarás bien.
Solo pudo oír un leve susurro muy lejano…
Ignoraba cuánto tiempo había pasado, cuando Emma comenzó a enfocar la vista. Un cuadro a la derecha. Lo vio en algún libro: El jardín de las delicias. Recordaba haberse abstraído, mirando todas esas figuras extrañas, animalescas, creadas por un loco o un genio del siglo XVI, llamado el Bosco.
Giró la cabeza y vio a alguien sentado de espaldas sobre el borde de la cama, a la izquierda. Solo podía distinguir que llevaba una capa o abrigo con capucha oscura.
—No te muevas, niña.
—¿Quién eres? ¿Qué haces?
No respondió y sentía su brazo inmovilizado.
—Dame un minuto… Acabaré rápido.
—Oye, ¿me estás escuchando? ¿Dónde estoy?
—¡No interrumpas y estate quieta! —ordenó con autoridad.
Emma empezó a ponerse nerviosa. De pronto, el tipo se levantó, observándola. En las manos llevaba algo parecido a un bolígrafo con luz.
—¿Cómo lo notas? —preguntó, curioso.
—¿Qué debo notar?
El chico hizo un gesto con la cabeza, dirigiendo su mirada. Emma la siguió y vio algo metálico implantado en el brazo. Ni tiempo le dio a responder.
—¿Puedes moverlo?
—¿Qué has hecho? ¿Qué me has puesto?
—Sé que es rudimentario, pero, al menos, te servirá para agarrar cosas.
Una mano metálica de acero, enganchada en el antebrazo de Emma. Un par de lucecitas azules y algunos cables la componían.
—¿Por qué lo has hecho?
—Puedes usar un guante sintético. Antes de todo esto, investigaba sobre los miembros fantasma y las sensaciones.
—¿Eres médico?
—Rehabilitador.
—¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es lo de menos: Hart. ¿Quién te hizo eso, niña?
Emma miraba el invento, aprendiendo a manejarlo: fue fácil mover los dedos un poco.
—Es una larga historia.
—Tenemos tiempo y quiero saberlo.
Cuando Emma le observó mejor, él intentó esconder su cara con la capucha.
—Si tú me explicas por qué te tapas, yo te contaré mi historia.
El chico retrocedió unos pasos, sorprendido por la respuesta.
—Supongo que tendrás hambre. Levántate. Ven a comer conmigo.
—¡¿Comer?! ¡No, gracias!
—Oye, niña, estás débil. Necesitas coger fuerzas antes de irte.
—Sí, ya… Lo haré por el camino. Bastante tuve con el «almuerzo» del otro día.
El anfitrión frunció el ceño, señalando con el dedo la mesa de la otra habitación.
—¡Levántate! ¡Mueve tu culo hasta la silla!
Sin mediar palabra, Emma le hizo caso. No quería que se enfadara. Él colocó dos platos sobre la mesa, cucharas y la olla de barro, de la que empezó a servir un guiso.
—¿Qué es eso?
—Son de lata, pero cocidas, las alubias están buenas —Señaló con el cucharón una estantería repleta de botes y tarros con legumbres.
—No huele mal.
—Anda, come. Te vendrá bien algo caliente.
Ella le miró dudosa.
—Me invitaron a cenar y acabé mal.
—¿Cuál es tu nombre?
—Soy Emma. En Balt City encontré un grupo de gente. Me convencieron para que fuera con ellos a su refugio —hizo una pausa, viendo el gesto de Hart—. Allí me invitaron a cenar, y cuando desperté, estaba atada en una habitación con tres jóvenes más.
—¿Y qué pasó?
—Les faltaban las extremidades. Uno de ellos, solo era un tronco.
—Imagino que fuiste la cena de alguien.
—No, esto lo hice yo.
Hart soltó la cuchara, mirándola escéptico.
—¡¿Cómo?!
—Me tenían atada. Solo podía escapar así y ayudar a los otros —explicó, probando las alubias—. Se pueden comer, pero no saben como las de mamá.
—¿Y los demás dónde están?
—Jan logró escapar, pero nos perdimos en el bosque. Alice no lo consiguió.
—¿Y el tercero?
—Él no podía salir de allí. Acabé con su dolor.
Hart, con la mirada fija en ella, solo podía imaginar la escena que su mente trazaba y lo mal que lo tuvo que pasar, para cometer los hechos relatados.
—Mi hobby era la fotografía. Siempre llevaba mi cámara en busca de la imagen perfecta. Hasta me presenté a certámenes y concursos. Gané mi primer premio con un amanecer en la orilla del mar —Sonrió fugaz—. Un día, revelando unas fotos en el cuarto oscuro, una de esas «bestias» me atacó. Logré defenderme, pero los líquidos eran muy inflamables y me quemé la cara y cuello.
Emma lo miró disimulada, hasta que Hart se dio cuenta. Clavó sus ojos en ella, bajando la capucha y que pudiera ver lo que estaba escondiendo. La piel estaba quemada, arrugada por uno de los lados y faltaba pelo por la parte derecha.
—Pensé que sería peor…
—¿Crees que no es tan malo?
—Supongo que te dolería, aunque he visto cosas más horribles. Te lo aseguro.
—Niña, a estas alturas, todos hemos vivido episodios muy desagradables, que ni en nuestras peores pesadillas hubiésemos inventado.
—Es cierto, nunca imaginamos que una simple espora pudiera acabar con el mundo.
Al terminar la cena, Hart se fue a tumbar al camastro y Emma recogió la mesa. Después se acostó en la cama quedándose dormida, al poco rato.
Al día siguiente, cuando despertó, olía a café recién hecho. Sonrió, pues hacía tiempo que no disfrutaba de uno caliente.
—¡Qué bien huele!
—Vamos a desayunar.
La chica se levantó de un salto y se sentó con él. Había preparado fruta cortada y una tortilla.
—¿De dónde sacaste todo esto?
—Ahí fuera hay unos cuantos árboles frutales y un par de gallinas. Si alguna vez tienes que quedarte en algún lugar, intenta buscar semillas y animales que puedan darte alimentos.
—Gracias, Hart. Aunque no creo. Busco a mi tío. Él seguro que encontrará una solución para todo esto.
—El mundo ha degenerado demasiado. No creo que haya buen desenlace —Negó con la cabeza, el hombre.
—No seas negativo.
—No tengo nada claro que vuelva a ser lo que conocimos una vez.
Emma sonrió, mientras mordisqueaba la fruta, disfrutando del sabor dulce.
—Está delicioso.
Hart afirmó con la cabeza.
—Hoy tienes mejor aspecto. Se nota que te has recuperado.
—¿Cuánto tiempo he estado aquí?
—Tres días. Tuviste fiebre muy alta y delirios. Usé unas aspirinas que llevabas en la mochila. Yo no tengo medicamentos.
—Gracias por cuidar de mí. No sé cómo podría…
—No tiene importancia. Seguro que tú también lo hubieras hecho —Señaló con el tenedor—. Puedes quedarte el tiempo que necesites, pero la cama es mía.
Emma rio al escucharlo.
—No quiero abusar de tu hospitalidad. Además, necesito llegar lo antes posible al refugio.
—Antes de irte, te ajustaré la mano. He visto que tienes dificultad para coger la taza.
—Sí, es que aprieta demasiado fuerte.
—No te preocupes. Lo arreglaré en terminar.
Después del desayuno, Hart ajustó una serie de contactos, haciendo que los dedos fueran más ágiles y menos bruscos.
Con paso firme abandonó la cabaña, decidida a no volver a interactuar con nadie hasta encontrar a su tío.
Según el mapa se estaba acercando a Hillpot. A lo lejos había un edificio, justo detrás de un muro. Corrió hacia él y parecía estar vacío. Era una planta de residuos químicos, con un laboratorio en la parte inferior. Todo estaba en calma. En el sótano buscó herramientas o piezas electrónicas.
En la sala contigua había un botiquín. Todavía tenían haloxaridol, metadopam y microdazetona. «Me servirán para intercambiarlos, si fuera necesario».
En otra estancia enorme, muy sucia y destartalada, había un robot tirado en un rincón. Observó su estado; palpando, encontró la palanquita para conectarlo: «¡Suena como la vieja máquina de escribir, atascada, de mi abuela!». Una serie de chirridos y luego apagado, de nuevo. «¡Mierda! Le falta batería». Por suerte, en la mochila llevaba una fuente de alimentación solar recargable. El padre de Emma le enseñó un poco de nanoelectrobótica. Abrió la tapa con un destornillador, cambiándola. Las hendiduras de los ojos se iluminaron en azul. Aprovechó para instalar la última actualización del GPS NaviFox de rastreo del Botmaps. El droide era un prototipo para las cadenas de montaje en fábricas.
—¡Hola, amigo! Soy Emma —Se oyeron interferencias—. ¡Pff! ¡El microvoz está frito!
Rebuscó por los cajones. «¡Un móvil viejo!». Con mucho esfuerzo, lo consiguió adaptar en la ranura de la boca, recortando un poco el orificio.
—Te llamaré Bot.
En el visor aparecieron varias frases: «Gustar. No dañar humano. Proteger».
—Seremos amigos, Bot —Sonreía, limpiando de polvo a su nuevo amigo para salir del lugar.
Le colgó la mochila, pues ya era muy pesada y continuaron juntos el camino, pasando por varias granjas cercanas, aunque no pararon en ninguna. Emma solo quería llegar a un lugar.
De pronto, un perro grande y negro, salió al paso. Las fauces estaban abiertas, gruñendo, rabioso. Bot colocó los ojos en rojo: «Peligro. Huir».
—¡Tranquilo, perrito! —exclamó Emma, asustada, retrocediendo unos pasos.
El can saltó por encima de la chica y Bot se colocó delante, intentando protegerla. El animal atacó a un mutante: tardó un par de minutos en cargárselo, evitando las dentelladas de ese ser. Solo un mordisco infectaba, pasando un par de días con dolor insoportable, antes de la transformación en esas «cosas». Emma sintió repulsión al verlo de cerca: ojos amarillos, doble dentadura enorme y la piel pringosa, purulenta. Solo de pensarlo se le encogía el cuerpo.
—¡Te has convertido en mi héroe! —exclamó, ofreciéndole un sándwich de mortadela.
El perro desconfió unos segundos, pero el hambre le pudo. Emma aprovechó para acariciarle la cabeza. Hacía tiempo que no recibía caricias humanas.
Al final, también se unió en el camino. Parecía necesitar la compañía tanto como Emma.
Siguieron hasta llegar a un lugar llamado Heaven’s Lot, un pueblo pequeño, en apariencia, desierto.
De pronto empezó a chispear. Se resguardaron en una casa. Apuntalaron la puerta de entrada con un mueble grande, Emma también corrió las cortinas. Luego agarró el palo de jóquey y empezó a fisgar en busca de algún infectado. El perro olisqueaba por todos lados. Estaba nervioso. Unos ruidos detrás de la puerta del sótano los pusieron en alerta. El corazón de Emma latía fuerte, erizándose el vello de su piel.
Conforme avanzaban hacia la puerta, los golpes y arañazos eran mucho más fuertes, al igual que los gruñidos. Parecía que pudieran olerlos y estaban más excitados. En uno de esos golpes, la puerta cedió y salieron cuatro bestias intentando atrapar a la chica. Le dio repelús sus bocas enormes y esos extraños ojos vidriosos.
El perro se lanzó a por uno de ellos, en una lucha a muerte. Bot agarró a otro, del cuello. Un punzón que tenía en su mano multifuncional, lo clavó en el ojo, haciéndolo caer al suelo fulminado. El tercero se lanzó contra Emma, mientras se defendía del otro asestando golpes. La agarró del pelo para acercarla a él y morderla. Solo atinó a coger un cojín y colocarlo entre su boca y ella para detenerlo. Como pudo, sacó el cuchillo de caza que llevaba en el cinturón y lo clavó a través del oído, pudiendo escapar.
—¡De buena me he librado! ¡Vamos, perro! ¡Termina con esa cosa!
Recogió de nuevo el palo y en un par de golpes se deshicieron del que quedaba.
Emma se apoyó en la pared unos segundos, para descansar del esfuerzo.
—Tenemos que sacarlos de aquí y ya podremos descansar tranquilos.
Bot los agarró de la pierna y los sacó a la calle, mientras Emma tomó una lata, calentándola en un hornillo de camping que había. Al rato, estaban disfrutando ella y el perro de unas judías con jamón muy ricas.
—Debes tener un nombre —Acarició a su amigo peludo—. ¿Qué tal si te llamo Flip? —Lamió la mano, moviendo el rabo—. ¿Eso es que te gusta?
Después de la cena, Emma encontró un libro de cuentos. Se acomodó y mientras se aclaraba la voz, dio lectura, mientras Bot y Flip la escucharon hasta caer dormida.
Al día siguiente, Bot abrió su mapa espectral, indicando la dirección a seguir. Después de varios kilómetros llegaron a Hollysland. Un paraje yermo frente a sus ojos; solo algunos hierbajos rodantes empujados por el viento. En la lejanía, una torre con dos vigilantes.
Al acercarse corriendo, les apuntaron con escopetas modificadas de mirillas termodinámicas.
—¡¡Quietos!! ¡¡Identifícate!! —vociferó un tipo.
—¡No disparen! Busco a mi tío Sigmur, el virólogo. Soy Emma.
Ambos hombres fruncieron el ceño, desconfiados, pero bajaron las armas, cuando la observaron más de cerca.
—Se largó al norte. Hubo una invasión de esos bichos nauseabundos. Está con los pocos sobrevivientes —respondió parco—. Solo quedamos unos pocos.
—Podrías quedarte con nosotros, aunque prepararemos el viaje en cuanto hayamos recogido el material —añadió el otro hombre.
—¿Irán donde mi tío?
—Allí nos esperan nuestras familias.
En ese momento, Bot comenzó a colocar sus ojos en rojo, reproduciendo una serie de mensajes en la pantalla: «Peligro. Proteger. Huir».
De entro los matojos secos, un par de mutantes trataron de atacarlos. Los acecharon durante el camino.
Bot se interpuso entre ellos y Emma. Flip empezó a ladrar colérico, amenazando a esos seres.
—¡Abrid las puertas, por favor! —solicitó la chica, implorando a los hombres.
Las enormes bocas abiertas emitían gruñidos y voces guturales. Conforme se iban acercando a ellos, los señalaban con las garras. Se acercaban lentos, con gesto grotesco, enseñando los colmillos enormes, babosos. Emma estaba paralizada de miedo. El corazón se desbocó del pecho: miles de escenas encadenas aparecieron en su cabeza, cuando se dio cuenta…
Los hombres apuntaron a las bestias, haciendo fuego varias veces.
—¡¡No disparen!! ¡¡Son mis padres!! —gritó Emma, protegiéndolos con su cuerpo.
—¡¡Apártate, niña!! ¡¡Quítate de ahí!!
De pronto, sintió el abrazo viscoso de mamá y el mordisco paterno en el brazo. Una punzada de dolor le recorrió por completo. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza, intentando evadirse, acordándose de algún lugar feliz. Una lágrima y una sonrisa…
Un último hálito: «Piii». Bot lanzó un microrresplandor isquémico: la mente de Emma quedó encriptada en su memobot, antes de acabar con la vida de la chica y el sufrimiento.
Fin de la transmisión.
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