Anochecía en el condado de Silver Lake, en el estado de Maine.
Los hermanos Thomas y David estaban ultimando los disfraces que iban a usar esa noche de Halloween, donde todos los niños del colegio habían quedado para ir a dar sustos, además de hacerse con alguna golosina, como manda la tradición.
Thomas se colocó la capa y los dientes de vampiro, y David, la sábana de fantasma con el típico grillete en el cuello.
Cogieron unas mochilas para guardar el botín de dulces que conseguirían durante la noche. Bajaron corriendo las escaleras de casa. Sus padres les esperaban en la puerta.
—A ver, niños. Llevad cuidado. No habléis con extraños y nos os metáis en líos.
—Thomas, vigila a tu hermano pequeño, no se vaya a perder por ahí.
—Sí, papá… ¿Podemos irnos ya? —dijo con el pulgar levantado y el entrecejo fruncido.
El padre dudó un instante.
—De acuerdo, pero volved a casa antes de la media noche. No os aleéis del pueblo.
Los niños andaban eufóricos por las calles, engalanadas con terroríficos esqueletos, arañas gigantes, lápidas y zombis podridos saliendo de los jardines de los vecinos. Las luces festivas y calabazas con sonrisa tenebrosa hacían las delicias de los pequeños, que aprovechaban para tocar al timbre, esconderse y, cuando abrían la puerta, daban el susto a los propietarios, que les regalaban caramelos. Algunas mamás, les gustaba hornear galletitas con formas de brujas, murciélagos o cerebros con mermelada de fresa.
Pero también, en los árboles, farolas o algún tablón de anuncios del pueblo, había carteles de los quince niños desaparecidos en anteriores años.
Thomas y David, llegaron al punto de encuentro con Gus «el Gafotas», Charlie y Anita.
—Hola, sabía que te disfrazarías de bruja… —soltó Thomas, sonriendo.
—¿Acaso pensaste que me vestiría de princesa cursi?
—Ni hablar… ¿Tú? —rio con los demás.
—Bueno, y después de los caramelos, iremos al cementerio, ¿no? —sugirió «el Gafotas», moviendo las cejas de arriba abajo, sonriente.
Apresuraron el paso hasta llegar a la verja del antiguo cementerio y abrieron la cancela con cuidado, entrando en tropel.
Se acercaron a la lápida de Yuma Briel. De ella se decía ser la bruja que atemorizaba a los vecinos, hace unos cien años.
Anita sonrió, mientras sacaba de su mochila una botella de ron que le había cogido a su padre, el armario de licores.
—¿En serio quieres que nos bebamos eso? —preguntó Gus.
—Venga, yo lo pruebo… —Charlie agarró la botella y le dio un buen trago, empezando a toser—. Está malísimo —Se la devolvió, haciendo caras.
Anita encendió una vela y comenzó a leer con énfasis, pasajes de la Libreta de las Sombras, como le decía.
—Invocamos el alma de Yuma Briel, en esta noche donde el ocaso reúne a las almas del más allá con los vivos. En tu honor, derramamos sobre tu tumba, la ofrenda para hacerte regresar…
Sus amigos la miraron estupefactos, porque eso no estaba en el guion que tenían hasta la media noche, si querían hacer todo lo propuesto.
—Anita… Deja eso. Mamá dice que es mejor no perturbar el sueño de los muer… —«el Gafotas» paró en seco, cuando escuchó un ruido a sus espaldas—. ¿Qué ha sido eso?
—Mirad… Yo me largo de aquí. Tengo que volver a casa ya —soltó Charlie nervioso.
—¡Ay, tío! ¡Es una broma! Así te llamaremos «el Gallina» —rio Anita, divertida.
Unos pasos acercándose a ellos, provocaron la estampida de los niños.
Empezaron a correr sin mirar atrás, por el camino de la colina, donde divisaron la Casa Azul; una de las más antiguas del pueblo. Se comentaba que vivía una extraña y solitaria mujer centenaria, sin familia.
La casa estaba cochambrosa, sucia y el jardín descuidado, con arbustos enormes y árboles secos. Muy desagradable a la vista.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Charlie.
—Vamos a entrar. Nos esconderemos dentro —sugirió Anita.
—Ni hablar… Yo me largo a casa y tú te vienes conmigo.
Charlie agarró a Gus del brazo y marcharon, dejando al resto, parados en la entrada.
El sonido de los arbustos moverse a la izquierda les asustó, resguardándose detrás de los sillones que había en el porche de la casa.
David tocó al timbre, escondiéndose. Al poco, una anciana con el cabello blanco, vestida de negro, abrió, asomando varios de sus gatos, que empezaron a maullar.
—¿Quién anda ahí?
Los niños se sorprendieron al verla. Parte del rostro lo tenía desfigurado, a causa del accidente cuando era pequeña y una cacerola hirviendo al fuego.
—¿Truco o trato? —preguntó David, que se atrevió a hablarle.
La mujer atónita con la visita, sonrió de ver a un niño fantasma, que se acercó a ella con un pequeño cubo de plástico, en forma de calabaza.
—Hijo, ¿de dónde has salido? ¿Te has perdido?
El niño negó con la cabeza.
—En casa también tenemos un gatito siamés. Se llama Bizco.
—Qué original… —murmuró con sorna—. Así que te gustan los mininos…
—Sí, señora, y los caramelos.
—En la cocina tengo dulces y un delicioso postre. ¿Te gustaría probarlo? —preguntó, mirando con desdén a los otros dos niños escondidos.
—¡No vayas, David! —susurró Anita.
—Bueno… pero, tengo que volver a casa pronto. Mis papás me esperan.
—Claro, pequeño. Entra y llévate un trozo. Y tus amigos también puedes comer un pedazo, si quieren —la mujer elevó la voz chirriante para que la oyeran.
El inocente entró a la casa, cerrándose la puerta tras de sí. A los cinco minutos, la anciana volvió a salir.
—Niños, ¿queréis pastel? —Se frotó las manos, sonriente.
—No. Quiero a mi hermano. ¡¡David!! ¡¡Sal!! ¡¡Nos vamos!!
Un gato blanco, con collar en forma de grillete, maulló con desesperación, al igual que los otros quince gatos, que tenía la mujer en casa.
Anita y Thomas se miraron desconcertados, cogiendo al pequeño felino níveo. Horrorizados, salieron de allí.
—¿Qué voy a contarles a mis padres de David?









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