Solo podía pensar en llegar a casa. El frío se metía en lo más profundo, pudiendo helar hasta el alma. Los pies hundiéndose en la nieve me impedían avanzar más rápido. Las manos entumecidas, los labios cortados. El helor por la nariz, al respirar con premura, se clavaba como un cuchillo punzante.
«Todavía estoy a tiempo de pedir un taxi. ¡Bah! Aprieto el paso. En quince minutos llegaré al apartamento».
A pesar de haber sido una celebración bonita, estaba triste por el motivo de la misma. Jamás pensé un desenlace parecido. «¡Cómo voy a echar de menos su partida…!».
En las calles no se oía un alma, apenas el maullido de algún gato vagabundo o el claxon de vehículos a lo lejos.
De pronto, un mensaje al móvil. Número oculto: ¿Qué tenías que decir de mí? ¿Por qué lo hiciste?
«¿Por qué hice qué?».
Guardé el teléfono en el bolso, mientras avanzaba lo más veloz que podía. Una calle, otra, giré la esquina a la izquierda, después a la derecha, escaleras hacia el parque…
Una silueta me detuvo en seco: un tío enorme, encapuchado. Estaba quieto, esperando algo, echaba humo por la boca de un cigarrillo a medio terminar.
Le observé con desconfianza, pero, a los segundos, se acercaba amenazante. Salí corriendo por entre los árboles. Las farolas de ese lugar, apagadas para ahorrar energía. Solo podía guiarme por las luces del puerto o la luna llena.
Con cada zancada en la nieve, se hacía más complicado echar la siguiente. Cada vez notaba las piernas más pesadas, casi sin fuerza. El corazón acelerado. Escuchaba los pasos aproximándose cuando se hundían. Su respiración atropellada por detrás me hizo entrar en pánico.
«¡¿Quién es este tío?!».
Levanté la vista, desesperada, buscando una luz, un bar abierto… A esas horas, era muy complicado.
Continué corriendo, pero el cansancio hizo mella en mí. Ya no podía más. Estaba exhausta. Un tropiezo y fui de boca contra el suelo.
Al instante, frío intenso. Aturdimiento. Mis intentos por ponerme en pie fallaron. Su mano empujó mi cabeza, hundiendo la cara contra la nieve. La voz no salía: entre el frío y el miedo, fue imposible. Estaba aterrada.
Giró mi cuerpo, colocándome bocarriba para que lo viera. Una patada en el costado hizo retorcerme de dolor. No logré esquivarlo. Después, el peso de la rodilla sobre mi garganta, sin poder pedir auxilio. Sujetó las manos. Forcejeé para liberarlas como fuera. A continuación, una punzada en el estómago. El dolor fue intenso, inesperado, junto a un lamento silencioso.
Solo podía distinguir unos ojos oscuros a través de un pasamontaña.
Sentía aplastar la rodilla sobre mi cuello, aprovechando para asestar otra puñalada más, regodeándose del triunfo.
Las lágrimas comenzaron a brotar, mientras seguía clavando el cuchillo más profundo, con firmeza, con dominación…
—¡¿Por qué?!
—Porque puedo. ¡Porque eres una mentirosa! ¡¡Porque tú has tenido la culpa de todo!!
Reconocí la voz enseguida: el exnovio de mi mejor amiga.
Agarré con fuerza la llave de casa que tenía en el bolsillo del abrigo, atravesando un ojo sin remordimientos. Bramó.
—¡¡Voy a matarte!! —Rabioso, se tapó la cara con las manos.
Sangraba con abundancia.
Aproveché para levantarme. Algo mareada, le aticé un puntapié. Oprimí el estómago con la mano. Borbotones de líquido caliente teñían de rojo la nieve.
—¡Cobarde! Siempre has actuado igual: ¡en las sombras, sin que te vean…!
Arranqué una rama de un árbol viejo. Con todas mis fuerzas, le golpeé en la cabeza. Pude verle estremecerse en el suelo.
—¡Eres un mal bicho! ¡Te piensas que todo lo puedes arreglar de la misma manera!
Intentó apuñalarme la pierna, devolviéndole otro leñazo.
—¡¡Acabaré contigo!! ¡Te lo prometo, cabrona!
Al ver cómo se levantaba, eché a correr de nuevo. Sentía las piernas fallar, pero luchaba por huir. Con gran esfuerzo, llegué hasta el claro de la arboleda. Todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Mareo, ansiedad. Solo sabía que venía detrás y deseaba matarme.
De pronto, un lobo gris plateado con bufanda blanca me observaba desde unos matorrales. Los ojos relucientes, amarillos intensos, advertían la sangre. La olió en el ambiente. Quedé inmóvil, pero no sentí miedo. Era curiosidad. Ese ser majestuoso, con cierta extrañeza por saber qué hacía ahí, en su territorio, solo contemplaba. Inalterable, expectante a cualquier oscilación.
En unos segundos, el animal en alerta, con las orejas puntiagudas, ladeó el hocico, escuchando a alguien más acercarse. Aulló, mostrando su grandeza.
Se inclinó tomando impulso y se abalanzó, cayendo sobre el tipo, empujándolo al suelo. Las fauces abiertas, con espuma saliendo por los lados, descargaron grandes dentelladas en el cuello. Este intentó protegerse, golpeándome sin tregua. Pretendió hundir la navaja en el lomo. Mis patas aguantaban los embistes. A pesar de la herida en el estómago, pude defender mi vida. Seguí mordiendo, desgarrando su carne hasta despedazarla; arrancándola con furia incontrolable, para vengar cada amenaza, insulto o puñetazo recibido por mi amiga, hasta llevarla a la tumba.
Los alaridos de aquel hombre en el suelo rugían en el eco de la noche, hasta que la vida se apagó. Cuando el último latido del corazón lo abandonaba, se quedó quieto, mirando un punto fijo. El cuerpo sin vida sobre la nieve. Esa mirada vítrea, quedaron en mi retina por siempre.
Cojeando, malherida, pude llegar a casa. Después de una ducha y curar las lesiones, disfrutaba del silencio en el sofá, arremolinada, hasta quedar dormida.
Al día siguiente, en todos los telediarios salió la noticia:
«Varón de mediana edad, acusado de asesinar a su novia, ha sido descuartizado por un lobo. Sigue la búsqueda del animal salvaje. Las autoridades competentes recomiendan no salir por el Parque Jovellanos hasta darle caza».
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