En una novela, los personajes son uno de los puntos más importantes, aparte de la trama, diálogos, atmósfera y otros elementos, para que la obra tenga sentido.
En las novelas de terror, los escritores pretendemos que los lectores queden enganchados y se vayan a dormir con la luz encendida, porque lo que leyeron les causó miedo. Es decir, los personajes terroríficos: monstruos, fantasmas, asesinos y seres del inframundo (villanos/antagonistas) cobran una importancia especial. Con ellos creamos tensión, incertidumbre y ganas de seguir leyendo para saber cómo nuestro protagonista escapa de las garras del «ser» que se lo quiere merendar.
Primero hablemos de nuestro protagonista, que debe de cumplir con unos requisitos:
Tendrá una personalidad, ideas y motivaciones reales, también una vida y una historia con la que el lector pueda ponerse en su piel. También le otorgaremos una profundidad compleja, por lo que tendrá defectos y debilidades propios de una persona real; lo que llamamos luces y sombras. Si un personaje es demasiado perfecto, el lector nunca podrá identificarse con él.
Y como las personas reales no todas somos bellas, podemos añadir algún tipo de rasgo o anomalía física distintiva, incluso la forma de hablar, la ropa, etc.
Además, debemos tener en cuenta que, a lo largo de la trama, nuestro protagonista debe cambiar conforme se enfrente a los desafíos y conflictos de la historia, por lo que debe evolucionar para que no se convierta en un personaje plano y aburrido.
Ahora, hablemos de nuestro monstruo/villano/antagonista, encargado de generar todo tipo de miedos, tensión y nerviosismo a nuestro lector. Este será otro personaje principal, que tendrá las mismas características de nuestro protagonista, pero «a lo malvado».
Nuestro gran villano debe de tener un objetivo o deseo para querer hacer daño al prota o ir contra él. A veces, por obsesión o fijación con lo que él no tiene y el otro sí; otras, por venganza; poder; o porque hay una razón de peso por lo que necesite algo del protagonista, y este no se lo quiera dar, por ejemplo (en este caso, puede que no sea tan malote).
Cuando el villano sea una persona, se le puede describir con un aspecto que inquiete, por su manera de hablar o la voz intimidante, la mirada despiadada, el comportamiento frío o la extrañeza de algunas acciones; puede llevar al lector a visualizar y sentir incomodidad con ese personaje.
Incluso si muestra rasgos de tener algún tipo de enfermedad mental, que los hace violentos o impredecibles, porque no sabes qué reacción puede llegar a tener, si escucha voces que le incitan a acabar con tu vida…
Cuando el personaje no es humano y tiene habilidades sobrenaturales, es verdaderamente aterrador. Por ejemplo, ser muy rápido, tener una fuerza descomunal y un apetito voraz de cerebros, aparecer en un lugar de repente, ser inmortal… Esto puede generar en el lector tensión por lo que sucederá con el protagonista, ya que, ¿cómo puede acabar con un ser que nunca se muere?
Todos conocemos historias de vampiros, hombres lobo, fantasmas, zombis o demonios, y cada uno sabe qué miedos guarda en su corazoncito.
Los escritores somos los encargados de descubrir ese miedo y devolvérselo al lector a la máxima potencia. Al fin y al cabo, disfrutan pasándolo mal. Así que debemos poner en marcha nuestra imaginación más perversa y terrorífica para llevar a cabo nuestro cometido y hacerles felices.








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