Hoy os traigo una historia no real. Nunca hubiera sucedido en condiciones normales.
Repito: nunca fue real y ahora entenderéis por qué.
Érase una vez, Pepe y María.
Ambos se conocieron en el chat de un juego online, donde crearon a sus personajes Juanita y Paquito, quienes tenían una vida de viajes en jet privado y una vida en común como pareja.
Tres años después de la creación de Juanita y Paquito, al tomar más confianza sus creadores, opacaron su tiempo, aunque no sus interacciones. Tiempo grato, bien invertido y de calidad.
Menos cuando a Pepe y María se les llenaba el cielo de nubarrones y acechaba la tormenta. Entonces Juanita y Paquito entraban en una mísera guerra fría, a veces, de tintes más acalorados de los que debían, porque los creadores se querían a pesar de la distancia y un océano de por medio.
En ocasiones pasaban semanas sin dirigirse la palabra, pero se afanaban por colocar indirectas en Juanita y Paquito, bien llamativas para que el otro se diese por aludido.
Después venían los reproches, arrepentimientos y un millón de te quiero. Y volvían Juanita y Paquito a chafardear, irse de citas en el mundo gris-azulado, bañarse en la piscina de una mansión con foto de Booking o Fotocasa e, incluso, se adentraban en una cripta laberíntica a matar zombis con motosierras.
Sí, ya os adelanté que no era una historia real.
Con el tiempo, entre idas y venidas, promesas rotas, amagos de conocerse detrás de la Matrix, regalos de cumpleaños y en Navidades, la historia acabó.
El daño fue irreparable. Paquito se buscó a una wea y a la ratita presumida de dos patas: el dúo Miraflowers del juego. Y allí sigue, ¿feliz?
Puede ser, es lo más probable. Con el dúo se entretiene y, con María… a ella la odia en secreto.
Usaba las mismas palabras para ella que para las Miraflowers, con cada coma y punto y signo de exclamación. Justo las mismas como en un corta y pega.
Juanita pasó a game over. Era demasiado para ella. Defraudada, frustrada y con un dolor punzante.
Él supo cómo lanzarle un hachazo virtual, con milimétrica puntería, justo donde sabía que la herida iba a sangrar profusamente, con cero remordimientos. Hecho a conciencia para desterrar para siempre a Juanita y consigo, a María.
Y los palabros cariñosos que María inventó para su Pepe quedaron en un olvido desértico, deshidratado por el rencor y la decepción más infinita.
En la actualidad, se recordarán, seguro, en un silencio interrumpido por la mundana vida real y algunas preguntas que quedaron en el aire.








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